RAÚL GONZÁLEZ ARÉVALO – mundoclasico.com
Nerja, domingo 25 de junio de 2017. Cueva de Nerja. José Bros, tenor. Berna Perles, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Arias y dúos de ópera y zarzuela. Charles Gounod (Roméo et Juliette), Jules Massenet (Werther), Gaetano Donizetti (Anna Bolena, L’elisir d’amore), Francesco Cilea (L’Arlesiana), Francisco Moreno Torroba (Luisa Fernanda, La petenera), Pablo Luna (El niño judío), Reveriano Soutullo (El último Romántico), Amadeo Vives (Doña Francisquita). Bis: Ruperto Chapí (Las hijas del Zebedeo), Pablo Sorozábal (La tabernera del puerto), Manuel Fernández Caballero (El dúo de La Africana). 58º Festival de Música y Danza Cueva de Nerja. Aforo: 400. Ocupación: 100%.
 
Siguiendo la estela del Festival de Música y Danza de Granada, el decano de los festivales españoles, en la localidad malagueña de Nerja se planteó hace casi seis décadas una versión reducida, integrada por cuatro o cinco espectáculos generalmente, dedicados a la música sinfónica, la lírica, el flamenco y la danza, que inició su andadura con la apertura de la Cueva al público. Grandes nombres y compañías han pasado por el marco incomparable que supone tenerla como escenario.
 
Este año el lírico ha sido el único espectáculo que se ha desarrollado en el interior de la cavidad. Los motivos de conservación se imponen. Para la ocasión se programó un recital de gran calidad. En el pasado han sonado grandes voces nacionales –las internacionales, como Kiri Te Kanawa, han sido una excepción– como Alfredo Kraus, Montserrat Caballé, José Carreras, Teresa Berganza, Juan Pons, Carlos Álvarez, Ainhoa Arteta, Ofelia Sala, Mariola Cantarero o Ismael Jordi. En esta edición se conjugaban la esplendida madurez artística de José Bros, que regresaba a Nerja, con la espléndida promesa que es Berna Perles. Les acompañaba al piano Rubén Fernández Aguirre.
 
No escuchaba a José Bros desde su apoteósico Pirata de Bellini en Ancona hace una década. Y juraría que, emulando a Fausto, ha hecho un pacto con el diablo para no envejecer. No es que tenga una magnífica técnica, que la tiene, y le permite afrontar una carrera dilatada con una voz sana después de abordar una cantidad importante de papeles. Es que pareciera que no pasan los años. Y aunque la voz ha ensanchado algo, hasta el punto de permitirle afrontar algunos personajes más líricos, el color sigue intacto, como la resonancia y la potencia de los agudos.
 
En varias ocasiones recordé al gran Alfredo Kraus, a quien escuché en el mismo escenario en 1996. Técnica belcantista. Dicción perfecta en italiano y francés. Estilismo supremo. Gusto y elegancia. Para más casualidad, incluso parte del repertorio compartido en este escenario: “Pour-quoi me réveiller” como presentación, con la voz perfectamente calentada; “È la solita storia”, fácil, sentida. “No puede ser”, apasionada. La clase y el rodaje eran evidentes en cada intervención.
 
Inevitablemente la sorpresa la dio Berna Perles. Sorpresa porque de Bros sabía qué esperar. Pero a la joven soprano malagueña la escuchaba por primera vez. La entrada con el “Vals de Julieta”, pieza clásica de presentación, reveló una voz más lírica que ligera, aunque con un registro agudo sobrado y cómodo. Dotada de agilidad, no es una virtuosa nata, como evidenció un tiempo más lento de lo habitual. Buen trino y buen francés. Y pensé que me hubiera resultado interesante escucharla también en la más difícil y menos virtuosa “aria del veneno” (“Amour, ranime mon courage”).
 
Mejor aún con la escena de la locura de Anna Bolena. Lástima que faltara la cabaletta final para rematar la composición. La tesitura más central permitió lucir la amplitud del centro y la solvencia del grave, revelando la homogeneidad del instrumento en toda su extensión, con independencia del registro. Una pronunciación especialmente cuidadosa del italiano, que enfatizaba el sentido del texto y lo aumentaba con recursos expresivos como piani de gran gusto, le permitió rematar un recitativo realmente bueno. En el aria lució un legato de altos vuelos, sosteniendo las largas arcadas de sonido en piano sin cansancio ni cortedad de fiato. Todo ello imbuido de una gran escuela belcantista. Habrá que seguir de cerca su evolución, tal y como se presentó tiene un espléndido futuro por delante.
 
En la segunda parte, dedicada a la zarzuela, destacó especialmente con El niño judío (“De España vengo”), donde exhibió de nuevo facilidad de emisión, la liquidez de los pianissimi, la magnífica dicción (en este caso en español) y el dominio del estilo. Con Bros el entendimiento fue total, en los dúos de Micaëla y Don José, Adina y Nemorino, Carolina y Javier, Fernando y Francisquita. Ambos remataron con un Dúo de La Africana simpatiquísimo.
 
No he hablado aún del tercer protagonista de la noche. Siempre es arriesgado presentar un recital de arias de ópera y zarzuela con piano. Lógicamente es imposible reproducir todos los efectos de la orquesta. Pero en esta ocasión reforzó el sentido de intimidad que transmitían un escenario reducido al mínimo y un aforo limitado. Rubén Fernández Aguirre, como buen conocedor de repertorio, distinguió perfectamente el ánimo que presidía cada pieza. Supo sostener a los cantantes en cada intervención con seguridad, un lujo sin afán de protagonismo. No en vano se ha consagrado como el pianista preferido de los cantantes líricos.
 
En definitiva, un broche a la altura de lo que se ha escuchado hasta ahora.
 
 
 
 
 

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