Espléndido Debut

Crítica de José Antonio Cantón para El Mundo, 16 de Octubre de 2017

Tres hechos a destacar han determinado la inauguración de la Temporada Sinfónica 2017/2018 del ADDA: la ejecución del excitante Concierto Fantasía para timbales de Philip Glass, la presencia por vez primera de la ONE en el magnífico auditorio alicantino y el debut de Manuel Hernández-Silva con dicha orquesta, sin duda, una experiencia muy significativa en la sólida carrera artística del maestro hispano-venezolano. Cada una de estas circunstancias era un más que suficiente aliciente para el aficionado, si además se tiene en cuenta que la tres obras del programa eran exponentes de la mejor percusión imaginada, pensada y realizada.

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Hernández-Silva con la ONE en Alicante. Fotografía: Basilio Martínez

La siempre compleja asunción y posterior transmisión de la Obertura cubana de George Gershwin tuvo en el director su mejor exponente dado su natural conocimiento de los ritmos latinoamericanos. Sus marchosas indicaciones, en las que intervino todo su físico, facilitó la expresión de esta singular obra haciéndola atractiva de escuchar, enriquecida por una trepidante sección de percusión liderada por el siempre espectacular Juanjo Guillem, primer timbalero de la ONE, que en esta obra así como en la sinfonía que cerraba el programa destacó como elemento catalizador del éxito global de ambas interpretaciones.

De este modo transcurrió también la versión de la obra de ese gran minimalista norteamericano cual es Philip Glass. Director, solistas y orquesta funcionaron como un engranaje sonoro que llenaba de sensaciones al oyente, que se sentía sorprendido por la exploración que el compositor hace en cada compás de sus tres movimientos y cadencia, donde queda ejemplarizada la riqueza de su siempre experimental creatividad musical. El sonoro triángulo equilátero que formaban las dos baterías de siete y cinco timbales con las tres cajas funcionó a la perfección, envuelto por el repetitivo acompasamiento armónico del resto de la orquesta, creando un motórico discurso de singular atractivo. El virtuosismo de los solistas tuvo especial brillantez en la cadenza, pasaje fundamental para entender hasta qué punto Glass se sumerge en las posibilidades expresivas de los doce timbales al llevar su toque a límites técnicamente insospechados, inspirándose en la sincopada idea de Lalo Schifrin perteneciente a la banda sonora de la televisiva serie Misión Imposible. Los primeros bravos refrendaron la excelente aceptación de un público sorprendido a la vez que entusiasmado, confirmándose así el éxito de Julien Bourgeois y Xavier Eguillor como percusionistas de referencia en la interpretación de esta obra.

El otro momento esperado fue la Sinfonía nº 12 en Re menor, Op. 112, “Año 1917” de Dmitri Shostakovich. Hernández-Silva es un admirador de esta obra, cuyo Adagio asume como una de las inspiraciones más sublimes del pensamiento sinfónico del compositor petersburgués. El pulso que mantuvo el director durante sus casi quince minutos de duración fue toda una demostración de tensión musical y dominio del tempo. Los melopéicos diálogos entre distintos instrumentos de viento fueron esclarecidos ejemplos de virtuosismo técnico por parte de los profesores de la ONE, que lograron de su interpretación un ejemplo de lirismo sinfónico de gran altura, como vino sucediéndose en la sección de madera, donde surgía una riqueza expresiva digna de admiración. Hubo detalles que dejaban constancia de la total identificación de la ONE con la construcción que proponía el maestro, dominador del espacio eufónico del instrumento orquestal con la seguridad y experiencia que sólo puede provenir de su profundo conocimiento de la obra. Las transiciones entre movimientos fue otro aspecto a destacar de su interpretación, al saber predisponer el contraste con los motivos anteriores, aspecto clave para entender la sublime homogeneidad de esta sinfonía en la que el estallido de luz de su impactante Aurora, su tercer movimiento, fue palmario ejemplo de la mecánica precisión rítmica que este tiempo requiere. Ésta fue exaltada por una percusión espectacular que se diluyó en unas trompas de épico efecto sonoro. Hernández-Silva inició entonces un tensionado crescendo que le llevó a una apoteósica ejecución del Allegretto final.

Ante la ovación del público, el director quiso serenar la enorme excitación musical alcanzada con un exquisito bis de melodioso sosiego como el que contiene la sensual pieza de Edward ElgarSalut d’Amour en su versión orquestal, que puso fin a un concierto que superó todas las expectativas.

 

 

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